Málaga, entre historia y turismo masivo

Etapa 4

Después de pasar un día y medio en Antequera, dejamos atrás el interior de Andalucía para dirigirnos hacia Málaga. La distancia entre ambas ciudades es bastante corta y el cambio de ambiente resulta casi inmediato. En menos de una hora pasamos de una ciudad tranquila, silenciosa y bastante relajada, a una Málaga llena de tráfico, ruido y turistas por todas partes.


Llegamos a mediodía y lo primero que nos encontramos fue el caos para aparcar. El tráfico era bastante intenso para ser un jueves cualquiera de abril y encontrar sitio cerca del centro resultó bastante complicado. Finalmente conseguimos dejar el coche cerca del Mercado de Atarazanas y empezamos a caminar por la zona.

El mercado estaba completamente lleno. En un principio pensamos comer allí dentro, pero había tanta gente que resultaba difícil incluso encontrar un hueco libre. Aun así, merece la pena entrar a echar un vistazo. El edificio tiene bastante encanto y el ambiente es muy animado, con puestos de pescado, aceitunas, embutidos y productos típicos andaluces mezclados entre turistas y gente local.


El Mercado de Atarazanas es uno de los lugares más conocidos del centro de Málaga. El edificio actual fue construido en el siglo XIX, aunque el lugar tiene un origen mucho más antiguo. Aquí se encontraban las antiguas atarazanas árabes de la ciudad, unos astilleros musulmanes vinculados al importante puerto comercial que tuvo Málaga durante época andalusí.


Después del mercado nos dirigimos hacia el barrio del Soho, está al lado. Es una zona que en teoría destaca por sus murales y arte urbano. Encontramos algunos grafitis interesantes, pero sinceramente esperábamos bastante más. La zona tampoco nos transmitió demasiado y quizá está un poco sobrevendida como ocurre ya en muchas ciudades con los llamados barrios “alternativos”.


Desde allí continuamos caminando hacia la Calle Larios y toda la parte más turística del centro histórico. La sensación era la de estar en una ciudad completamente enfocada al turismo internacional. Tiendas, terrazas, restaurantes, hoteles y una cantidad de gente constante por todas partes. Es una zona agradable para pasear, pero también bastante saturada. Además, nos llamó bastante la atención lo caros que resultaban muchos restaurantes comparados con otros lugares donde habíamos estado durante el viaje.


Después de buscar bastante rato, conseguimos encontrar un sitio algo más tranquilo y menos turístico para almorzar. A esas alturas ya tenía la sensación de que Málaga era una ciudad mucho más turística de lo que imaginaba antes del viaje.

Una vez terminado el paseo por el centro volvimos a coger el coche para dirigirnos hacia el alojamiento, situado junto al casco histórico. Allí volvió a repetirse el mismo problema de siempre, aparcar parecía prácticamente imposible. Nos recomendaron directamente utilizar un parking público, pero después de varias vueltas encontramos un hueco en una calle secundaria y dejamos el coche allí sin pensarlo demasiado.

Por la tarde salimos de nuevo a caminar por el centro histórico. Las calles peatonales estaban llenísimas de gente, hasta el punto de que en algunos momentos costaba avanzar con normalidad. Y eso que era un jueves cualquiera después de Semana Santa. No quiero imaginar cómo debe ser esto en pleno verano.

Nuestra primera parada fue el Teatro Romano. Se encuentra justo a los pies de la Alcazaba, algo que visualmente resulta bastante curioso porque resume muy bien las distintas capas históricas de la ciudad. En pocos metros se mezclan restos de la Málaga romana con las murallas y fortificaciones construidas siglos después durante la etapa musulmana.


El teatro fue construido aproximadamente en el siglo I a.C., en época del emperador Augusto, cuando la ciudad romana de Malaca formaba parte de las rutas comerciales del Mediterráneo.

Desde allí subimos hacia la Alcazaba de Málaga. Hay que hacer cola para entrar y la entrada cuesta 5€, aunque en este caso la visita sí merece bastante la pena.


La Alcazaba es probablemente uno de los rincones más interesantes de Málaga. Más allá de las vistas o de los jardines, lo realmente atractivo es recorrer su interior. La fortaleza fue construida durante época musulmana y todavía conserva muchos elementos típicos de la arquitectura defensiva andalusí. Entradas en recodo, pasillos estrechos, puertas anguladas y recorridos laberínticos pensados para dificultar el avance de posibles atacantes.


Todo el conjunto está diseñado casi como una secuencia de espacios donde nunca se ve el interior completo de una sola vez. Hay patios, arcos, murallas, pequeñas plazas y torres desde las que aparecen fragmentos de la ciudad y del mar entre las paredes de piedra.

Uno de los aspectos más interesantes de la Alcazaba de Málaga aparece en los pequeños detalles arquitectónicos repartidos por patios, arcos y galerías interiores. Muchas de estas decoraciones pertenecen a la tradición artística andalusí, heredera de siglos de influencia islámica en el sur de la península.


La arquitectura andalusí no buscaba únicamente construir espacios defensivos o funcionales. También existía una enorme preocupación por la geometría, la luz, la ornamentación y la sensación de armonía interior.


En muchos rincones de la Alcazaba aparecen arcos de herradura, yeserías decoradas con motivos vegetales y composiciones geométricas extremadamente detalladas. A diferencia de otras arquitecturas monumentales más pesadas o masivas, aquí gran parte de la belleza está en la ligereza visual y en el trabajo artesanal de las superficies.


Arquitectónicamente es un lugar muy bonito y bastante más complejo de lo que parece desde fuera.

La única parte negativa volvió a ser la cantidad de gente. En algunos tramos los pasillos quedaban completamente atascados y la visita terminaba resultando algo agobiante. Aun así, las vistas desde la parte alta hacia Málaga, el puerto y el Mediterráneo merecen mucho la pena.

El Castillo de Gibralfaro decidimos no visitarlo. Lo veíamos desde arriba de la Alcazaba y sinceramente tampoco nos apetecía unirnos a la larga fila de turistas que subía caminando hacia el castillo.


Después de bajar de la Alcazaba seguimos caminando por el centro histórico y pasamos por delante de la Catedral de Málaga. No entramos al interior. Personalmente no me parece correcto tener que pagar para entrar en un edificio religioso, aquí para entrar había que pagar 10€. 


La construcción de la catedral comenzó en el siglo XVI sobre el lugar donde anteriormente se encontraba la mezquita mayor de la ciudad, después de la conquista cristiana de Málaga por los Reyes Católicos. Como ocurrió en muchas catedrales españolas, las obras se prolongaron durante siglos y eso terminó mezclando distintos estilos arquitectónicos, principalmente renacentistas y barrocos.


Lo curioso de esta construcción es que paseando por las calles de repente aparece parte de la catedral, se asoma de forma casi improvisada y silenciosa entre las calles del centro.. De repente aparece una torre, una fachada lateral o parte de los enormes muros de piedra sobresaliendo sobre las calles peatonales. Y cuando finalmente uno consigue colocarse frente a la fachada principal, la sensación de monumentalidad cambia completamente.


El resto de la tarde simplemente paseamos un poco más por la ciudad, aunque la cantidad de gente hacía difícil disfrutar realmente del ambiente con tranquilidad. 

Por la noche volvimos a salir brevemente hacia el centro. La Alcazaba y el Teatro Romano iluminados tienen bastante encanto y el ambiente cambia completamente respecto al día, aunque tampoco estuvimos demasiado tiempo caminando.


Al día siguiente amaneció lloviendo y Málaga, bajo la lluvia y llena de turistas, perdió todavía más atractivo para pasear.

Con la lluvia y sin demasiadas ganas de seguir caminando por el centro, decidimos acercarnos hasta Pedregalejo por curiosidad. Quizá con mejor tiempo la experiencia habría sido distinta, pero sinceramente tampoco terminamos de encontrarle demasiado interés.

Finalmente acabamos haciendo tiempo en un outlet cerca del aeropuerto antes de devolver el coche y terminar el viaje.


Málaga nos dejó una sensación un poco extraña. Tiene monumentos interesantes, mucha vida y una mezcla histórica muy potente entre mundo romano, musulmán y cristiano. Pero al mismo tiempo, fue probablemente el lugar donde más sentimos el peso del turismo masivo durante toda la escapada.

Quizá veníamos demasiado acostumbrados al silencio de Antequera y a los paisajes abiertos del interior de Andalucía, pero en Málaga muchas veces daba la sensación de que costaba encontrar espacio para detenerse, mirar o simplemente caminar con calma.

El Torcal de Antequera  <<   >> 

El Torcal de Antequera, un paisaje de roca y serenidad

Etapa 3

Después de almorzar y descansar un rato en Antequera, por la tarde decidimos subir hacia el Paraje Natural Torcal de Antequera.

Desde la ciudad apenas se tarda unos 15 o 20 minutos en coche, pero el paisaje cambia bastante rápido durante el trayecto. Poco a poco las colinas verdes que rodean Antequera empiezan a desaparecer y aparecen las primeras formaciones rocosas del parque, creando un paisaje cada vez más extraño y compacto.


La mejor hora para visitar el Torcal es probablemente el final de la tarde. Cuando el sol empieza a bajar, la luz lateral marca muchísimo más las formas de las rocas y aparecen sombras profundas entre las grietas y las paredes de piedra. Todo el relieve gana textura y volumen.


El Torcal de Antequera es uno de los paisajes kársticos más importantes de Europa. Todo este territorio estaba bajo el mar hace millones de años y, con el paso del tiempo, la erosión del agua, el viento y los cambios de temperatura fueron moldeando lentamente estas enormes masas de roca caliza hasta crear las formas actuales.


El coche hay que dejarlo en el aparcamiento del centro de visitantes, desde donde empiezan las rutas principales del parque natural. La entrada al parque es gratuita. El aparcamiento no es muy grande y, sobre todo en temporadas altas, se llena rápidamente. 

Desde el centro de visitantes parten dos rutas circulares principales señalizadas por colores. La verde es la más corta y suele llevar entre 45 minutos y una hora aproximadamente, mientras que la amarilla es bastante más larga y puede acercarse a las dos horas.

Finalmente decidí hacer la ruta verde.


Ya desde los primeros pasos se siente que este lugar tiene algo especial. No sabría explicarlo exactamente, pero el Torcal transmite una sensación de paz y serenidad bastante difícil de describir. Las formaciones rocosas terminan envolviéndote completamente y, mires hacia donde mires, el paisaje parece cambiar constantemente.

Aunque sobre el mapa pueda parecer un paseo sencillo, el recorrido no es completamente fácil. Hay bastantes zonas donde toca subir y bajar rocas, caminar sobre terreno irregular o atravesar pasos algo incómodos. No es una ruta técnica ni peligrosa, pero sí puede resultar exigente para personas poco acostumbradas a caminar o con problemas de movilidad.

Las rocas tienen formas muy extrañas, complejas y a veces casi imposibles. En muchos momentos da la sensación de que hubieran sido moldeadas a mano, como si alguien las hubiera colocado unas encima de otras de forma deliberada.


Toda la zona estaba muy verde, probablemente por las lluvias de las semanas anteriores. No sé si normalmente el paisaje es así de intenso, pero el contraste entre el verde de la vegetación y el gris claro de las rocas hacía todavía más bonito el recorrido.


El recorrido atraviesa pequeños valles, zonas arboladas, pasos estrechos entre rocas y continuos cambios de relieve. Lo curioso es que el Torcal no impresiona por grandes alturas ni por paisajes gigantescos, sino por la sensación constante de estar caminando dentro de una especie de laberinto mineral.


Lo que más me sorprendió fue justamente la energía del lugar. Había algo muy envolvente en el paisaje, una sensación de silencio y tranquilidad que continuamente invitaba a parar, observar y simplemente quedarse allí sentado mirando las rocas. Era como estar dentro de una gran catedral natural. No me extraña que los antiguos habitantes de hace más de 5000 años construyeran un dolmen con dirección hacia aquí. Seguramente lo usarían también para rituales. 


La única parte un poco molesta fue que algunas personas hablaban demasiado alto durante el recorrido. No era una falta de respeto directa, pero sí rompía bastante la atmósfera del lugar. Parte de la experiencia del Torcal está precisamente en escuchar el viento, los pájaros y el silencio entre las piedras.

Durante el paseo me encontré bastante cerca con una cabra montesa pastando tranquilamente. Apenas se inmutó al verme y siguió comiendo mientras observaba alrededor. Más tarde llegó otro grupo de personas hablando en voz alta y el animal terminó alejándose. Incluso tuve que pedirles que bajaran un poco la voz para no asustarla.


Mientras caminaba, hubo momentos en los que el paisaje empezó a recordarme otros lugares que había visitado anteriormente, aunque en aquel momento no conseguía identificar exactamente cuáles. Podían ser ciertos paisajes de las Dolomitas, algunas formaciones de Nueva Zelanda o incluso la montaña de Montserrat en Cataluña. El Torcal tiene algo familiar y extraño al mismo tiempo.


Una de las imágenes más conocidas del parque es el llamado “Tornillo del Torcal”, una curiosa formación rocosa formada por capas horizontales de piedra apiladas unas sobre otras, casi como si fueran enormes pancakes de roca.


Curiosamente, el Tornillo no está exactamente dentro del recorrido circular principal, sino algo más apartado. Antes de entrar al parking del centro de visitantes hay un breve sendero que te lleva hacia allí. 

Después de haberlo visto tantas veces en fotografías promocionales, la sorpresa fue encontrarlo mucho más pequeño de lo que imaginaba. En las imágenes parece enorme y monumental, pero en realidad tiene unas dimensiones bastante más modestas.


Después de terminar el recorrido y encontrar la roca más conocida del parque, regresamos tranquilamente hacia Antequera para descansar.

Al día siguiente tocaría ir hacia Málaga, alejándonos de la tranquilidad del campo. 

Antequera <<   >> Málaga

Antequera, entre alcazabas, dólmenes y paisajes milenarios

Etapa 2

Después de terminar el recorrido por el Caminito del Rey, dejamos atrás las gargantas y las paredes verticales para dirigirnos hacia el interior de Andalucía, hacia la ciudad de Antequera. 


La carretera hacia Antequera atraviesa campos verdes y suaves colinas, un paisaje mucho más abierto y tranquilo que el del desfiladero. Poco a poco, el territorio empieza a cambiar y aparecen montañas alrededor del valle donde se encuentra la ciudad.


Antes incluso de entrar en Antequera, ya hay algo que llama la atención: la Peña de los Enamorados.
Su perfil aparece constantemente en el horizonte y termina convirtiéndose en una referencia visual permanente durante toda la estancia.
Parece claramente el rostro de una persona tumbada mirando al cielo, y no cuesta demasiado imaginar que hace miles de años esta montaña tuviera algún tipo de significado especial para quienes vivían en la zona.


Una cosa importante a tener en cuenta si se visita Antequera en coche es que el centro histórico no está pensado para circular ni aparcar fácilmente. Las calles son estrechas, muchas veces con poco espacio para maniobrar, y prácticamente no hay aparcamiento dentro del casco antiguo. La mejor opción suele ser dejar el coche en alguno de los parkings exteriores o, como en nuestro caso, reservar un alojamiento con plaza privada.


Nos alojamos justo debajo de la Alcazaba, literalmente a un minuto caminando de la entrada principal. Una zona muy tranquila y bastante agradable para moverse a pie por el centro histórico.
El tiempo cuando llegamos no era especialmente bueno, había algo de bruma, así que decidimos simplemente pasear por la ciudad y dejar la visita de la Alcazaba para el día siguiente, esperando que mejorara el tiempo. Además ya era por la tarde y veníamos del Caminito del Rey. 


Antequera tiene un ritmo muy diferente al de otras ciudades andaluzas más turísticas. No encontramos demasiada gente por las calles y el ambiente era bastante relajado. Paseando por el centro aparecen iglesias, fachadas históricas y plazas tranquilas, pero sin la sensación de ciudad convertida en parque temático. Da la impresión de ser un lugar que sigue funcionando más para sus habitantes que para el turismo.


Eso sí, también nos llamó la atención que muchos sitios para comer estaban llenos. No hay una cantidad enorme de restaurantes ni bares turísticos, y varias veces tuvimos problemas para encontrar mesa libre sin esperar bastante tiempo.


A la mañana siguiente visitamos la Alcazaba de Antequera. La entrada costaba 5 € y existía un bono combinado con la Real Colegiata de Santa María la Mayor, la iglesia situada justo al lado del recinto. Finalmente decidimos entrar solo en la Alcazaba.


La visita se puede hacer tranquilamente en una hora aproximadamente. Casi no había gente.
Lo que más nos gustó fueron las vistas desde las murallas y las torres. Desde arriba se entiende perfectamente la posición estratégica de Antequera dentro del valle y la relación constante con la Peña de los Enamorados al fondo.



La Alcazaba tiene origen musulmán y fue una fortaleza importante durante la frontera entre el Reino Nazarí de Granada y los territorios cristianos. De hecho, la conquista de la ciudad en 1410 fue tan importante que Fernando de Trastámara pasó a ser conocido como Fernando de Antequera. 



La Torre del Homenaje, también llamada Torre de Fernando es una de las torres musulmanas más grandes de Andalucía. Tiene unos 16 metros de lado y muros muy gruesos, porque no era solo una torre de vigilancia; era prácticamente una fortaleza dentro de la propia fortaleza.

Dentro de la torre todavía se conservan algunas salas interiores de piedra donde se realizaban reuniones y actos de representación tras la conquista cristiana de Antequera en 1410.


Aunque el lugar tiene muchísimo potencial, la sensación general fue algo irregular. Algunas zonas exteriores y jardines parecían bastante descuidados y daba la impresión de que el recinto podría estar mucho mejor mantenido. 


Esto me extrañó un poco tratándose de uno de los lugares más importantes de la ciudad.

Justo al lado de la Alcazaba se encuentra la Real Colegiata de Santa María la Mayor, considerada una de las primeras iglesias renacentistas de Andalucía. Aunque finalmente no entramos, la fachada ya llama bastante la atención desde fuera, sobre todo por esa mezcla extraña entre elementos góticos y renacentistas.


Curiosamente, una colegiata no es exactamente una iglesia normal ni tampoco una catedral. Era una especie de gran iglesia con mucho peso religioso y político, gestionada por un cabildo de canónigos, muy similar al funcionamiento de una catedral, aunque sin llegar a ser sede de un obispo. El título de “Real” además indicaba la protección directa de la Corona.

La iglesia fue construida poco después de la conquista cristiana de Antequera y su posición no parece casual. Está situada en la parte más alta de la ciudad, prácticamente pegada a la antigua fortaleza musulmana, como una forma de marcar el nuevo poder religioso y político sobre la ciudad.

La plaza donde se encuentra también tiene algo peculiar. Amplia, silenciosa y bastante desnuda, transmite más sensación de espacio institucional y defensivo que de plaza tradicional andaluza llena de vida.


Para entrar en la zona de la Alcazaba se encuentra el Arco de los Gigantes, una de las entradas más curiosas de Antequera. Aunque a primera vista parece una puerta medieval más, en realidad el arco actual fue construido en pleno Renacimiento para sustituir una antigua puerta musulmana mucho más defensiva.


Lo interesante es que el lugar funciona casi como una mezcla de épocas superpuestas. En el muro aparecen incrustadas lápidas romanas, inscripciones y bloques reutilizados procedentes de antiguas construcciones de la ciudad romana de Antikaria.
Durante siglos fue habitual reutilizar materiales antiguos para levantar nuevas murallas o edificios, pero aquí además existía una intención bastante simbólica; conectar la ciudad con su pasado romano y darle una imagen monumental al estilo de los antiguos arcos triunfales.


Después de la Alcazaba nos dirigimos hacia los Dólmenes de Antequera, declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO. 
Para llegar al recinto hay que ir en coche ya que están a las afueras de la ciudad.

El recinto está bastante bien organizado, la entrada es gratuita, hay un pequeño centro de visitantes con un museo explicativo. Un recorrido sencillo rodeas las dos colinas que hospedan los dos dólmenes, y dan acceso a las entradas. 

Lo más fascinante del conjunto de Antequera es que los tres dólmenes parecen dialogar con el paisaje de formas distintas. 


El Dolmen de Menga, el más monumental, fue construido mirando directamente hacia la Peña de los Enamorados, algo muy poco habitual en el megalitismo europeo, normalmente orientado hacia fenómenos astronómicos. La pena es que estaba cerrado por trabajos de restauración debido a filtraciones de agua. Resulta curioso pensar que estas estructuras llevan miles de años soportando lluvia y viento y ahora necesiten intervenciones modernas para conservarse.

El Dolmen de Viera, que sí pudimos visitar por dentro, funciona de manera diferente. Un largo corredor de enormes piedras verticales, alineado con el amanecer durante los equinoccios, conduce directamente hasta una pequeña cámara funeraria situada al fondo.


Para visitar al tercer dolmen, Tholos de El Romeral hay que volver a coger el coche, salir del recinto y a 5 minutos se llega a este nuevo emplazamiento arqueológico. 

Este es el que más nos gustó y quizá el más extraño y especial de los tres. Orienta su eje hacia las formaciones rocosas del Torcal.
La sensación allí era completamente distinta. Estábamos rodeados de colinas verdes, parecía más una pequeña construcción enterrada que un monumento ceremonial. 


La parte más curiosa es la falsa cúpula de piedra del interior, construida mediante aproximación de hiladas. La cámara interior se separa del largo corredor de entrada mediante pequeños portales de piedra. Visualmente, la cúpula, parecía mucho más moderna que el resto, probablemente por las restauraciones realizadas a lo largo del tiempo, pero precisamente esa mezcla entre estructura antigua y conservación contemporánea le daba un carácter bastante especial.


Al final, me dio la sensación de que hace más de cinco mil años el paisaje completo de Antequera ya funcionaba como un enorme espacio simbólico donde montañas, horizonte, luz y arquitectura formaban parte de la misma idea. Ya existía aquí una lectura simbólica del territorio. 

Después de visitar los dólmenes volvimos tranquilamente a Antequera para comer y descansar un poco antes de continuar la ruta hacia el Torcal.

El Caminito del Rey  <<   >>  El Torcal