Etapa 3
Después de almorzar y descansar un rato en Antequera, por la tarde decidimos subir hacia el Paraje Natural Torcal de Antequera.
Desde la ciudad apenas se tarda unos 15 o 20 minutos en coche, pero el paisaje cambia bastante rápido durante el trayecto. Poco a poco las colinas verdes que rodean Antequera empiezan a desaparecer y aparecen las primeras formaciones rocosas del parque, creando un paisaje cada vez más extraño y compacto.
La mejor hora para visitar el Torcal es probablemente el final de la tarde. Cuando el sol empieza a bajar, la luz lateral marca muchísimo más las formas de las rocas y aparecen sombras profundas entre las grietas y las paredes de piedra. Todo el relieve gana textura y volumen.
El Torcal de Antequera es uno de los paisajes kársticos más importantes de Europa. Todo este territorio estaba bajo el mar hace millones de años y, con el paso del tiempo, la erosión del agua, el viento y los cambios de temperatura fueron moldeando lentamente estas enormes masas de roca caliza hasta crear las formas actuales.
El coche hay que dejarlo en el aparcamiento del centro de visitantes, desde donde empiezan las rutas principales del parque natural. La entrada al parque es gratuita. El aparcamiento no es muy grande y, sobre todo en temporadas altas, se llena rápidamente.
Desde el centro de visitantes parten dos rutas circulares principales señalizadas por colores. La verde es la más corta y suele llevar entre 45 minutos y una hora aproximadamente, mientras que la amarilla es bastante más larga y puede acercarse a las dos horas.
Finalmente decidí hacer la ruta verde.
Ya desde los primeros pasos se siente que este lugar tiene algo especial. No sabría explicarlo exactamente, pero el Torcal transmite una sensación de paz y serenidad bastante difícil de describir. Las formaciones rocosas terminan envolviéndote completamente y, mires hacia donde mires, el paisaje parece cambiar constantemente.
Aunque sobre el mapa pueda parecer un paseo sencillo, el recorrido no es completamente fácil. Hay bastantes zonas donde toca subir y bajar rocas, caminar sobre terreno irregular o atravesar pasos algo incómodos. No es una ruta técnica ni peligrosa, pero sí puede resultar exigente para personas poco acostumbradas a caminar o con problemas de movilidad.
Las rocas tienen formas muy extrañas, complejas y a veces casi imposibles. En muchos momentos da la sensación de que hubieran sido moldeadas a mano, como si alguien las hubiera colocado unas encima de otras de forma deliberada.
Toda la zona estaba muy verde, probablemente por las lluvias de las semanas anteriores. No sé si normalmente el paisaje es así de intenso, pero el contraste entre el verde de la vegetación y el gris claro de las rocas hacía todavía más bonito el recorrido.
El recorrido atraviesa pequeños valles, zonas arboladas, pasos estrechos entre rocas y continuos cambios de relieve. Lo curioso es que el Torcal no impresiona por grandes alturas ni por paisajes gigantescos, sino por la sensación constante de estar caminando dentro de una especie de laberinto mineral.
Lo que más me sorprendió fue justamente la energía del lugar. Había algo muy envolvente en el paisaje, una sensación de silencio y tranquilidad que continuamente invitaba a parar, observar y simplemente quedarse allí sentado mirando las rocas. Era como estar dentro de una gran catedral natural. No me extraña que los antiguos habitantes de hace más de 5000 años construyeran un dolmen con dirección hacia aquí. Seguramente lo usarían también para rituales.
La única parte un poco molesta fue que algunas personas hablaban demasiado alto durante el recorrido. No era una falta de respeto directa, pero sí rompía bastante la atmósfera del lugar. Parte de la experiencia del Torcal está precisamente en escuchar el viento, los pájaros y el silencio entre las piedras.
Durante el paseo me encontré bastante cerca con una cabra montesa pastando tranquilamente. Apenas se inmutó al verme y siguió comiendo mientras observaba alrededor. Más tarde llegó otro grupo de personas hablando en voz alta y el animal terminó alejándose. Incluso tuve que pedirles que bajaran un poco la voz para no asustarla.
Mientras caminaba, hubo momentos en los que el paisaje empezó a recordarme otros lugares que había visitado anteriormente, aunque en aquel momento no conseguía identificar exactamente cuáles. Podían ser ciertos paisajes de las Dolomitas, algunas formaciones de Nueva Zelanda o incluso la montaña de Montserrat en Cataluña. El Torcal tiene algo familiar y extraño al mismo tiempo.
Una de las imágenes más conocidas del parque es el llamado “Tornillo del Torcal”, una curiosa formación rocosa formada por capas horizontales de piedra apiladas unas sobre otras, casi como si fueran enormes pancakes de roca.
Curiosamente, el Tornillo no está exactamente dentro del recorrido circular principal, sino algo más apartado. Antes de entrar al parking del centro de visitantes hay un breve sendero que te lleva hacia allí.
Después de haberlo visto tantas veces en fotografías promocionales, la sorpresa fue encontrarlo mucho más pequeño de lo que imaginaba. En las imágenes parece enorme y monumental, pero en realidad tiene unas dimensiones bastante más modestas.
Después de terminar el recorrido y encontrar la roca más conocida del parque, regresamos tranquilamente hacia Antequera para descansar.
Al día siguiente tocaría ir hacia Málaga, alejándonos de la tranquilidad del campo.
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