Antequera, entre alcazabas, dólmenes y paisajes milenarios

Etapa 2

Después de terminar el recorrido por el Caminito del Rey, dejamos atrás las gargantas y las paredes verticales para dirigirnos hacia el interior de Andalucía, hacia la ciudad de Antequera. 


La carretera hacia Antequera atraviesa campos verdes y suaves colinas, un paisaje mucho más abierto y tranquilo que el del desfiladero. Poco a poco, el territorio empieza a cambiar y aparecen montañas alrededor del valle donde se encuentra la ciudad.


Antes incluso de entrar en Antequera, ya hay algo que llama la atención: la Peña de los Enamorados.
Su perfil aparece constantemente en el horizonte y termina convirtiéndose en una referencia visual permanente durante toda la estancia.
Parece claramente el rostro de una persona tumbada mirando al cielo, y no cuesta demasiado imaginar que hace miles de años esta montaña tuviera algún tipo de significado especial para quienes vivían en la zona.


Una cosa importante a tener en cuenta si se visita Antequera en coche es que el centro histórico no está pensado para circular ni aparcar fácilmente. Las calles son estrechas, muchas veces con poco espacio para maniobrar, y prácticamente no hay aparcamiento dentro del casco antiguo. La mejor opción suele ser dejar el coche en alguno de los parkings exteriores o, como en nuestro caso, reservar un alojamiento con plaza privada.


Nos alojamos justo debajo de la Alcazaba, literalmente a un minuto caminando de la entrada principal. Una zona muy tranquila y bastante agradable para moverse a pie por el centro histórico.
El tiempo cuando llegamos no era especialmente bueno, había algo de bruma, así que decidimos simplemente pasear por la ciudad y dejar la visita de la Alcazaba para el día siguiente, esperando que mejorara el tiempo. Además ya era por la tarde y veníamos del Caminito del Rey. 


Antequera tiene un ritmo muy diferente al de otras ciudades andaluzas más turísticas. No encontramos demasiada gente por las calles y el ambiente era bastante relajado. Paseando por el centro aparecen iglesias, fachadas históricas y plazas tranquilas, pero sin la sensación de ciudad convertida en parque temático. Da la impresión de ser un lugar que sigue funcionando más para sus habitantes que para el turismo.


Eso sí, también nos llamó la atención que muchos sitios para comer estaban llenos. No hay una cantidad enorme de restaurantes ni bares turísticos, y varias veces tuvimos problemas para encontrar mesa libre sin esperar bastante tiempo.


A la mañana siguiente visitamos la Alcazaba de Antequera. La entrada costaba 5 € y existía un bono combinado con la Real Colegiata de Santa María la Mayor, la iglesia situada justo al lado del recinto. Finalmente decidimos entrar solo en la Alcazaba.


La visita se puede hacer tranquilamente en una hora aproximadamente. Casi no había gente.
Lo que más nos gustó fueron las vistas desde las murallas y las torres. Desde arriba se entiende perfectamente la posición estratégica de Antequera dentro del valle y la relación constante con la Peña de los Enamorados al fondo.



La Alcazaba tiene origen musulmán y fue una fortaleza importante durante la frontera entre el Reino Nazarí de Granada y los territorios cristianos. De hecho, la conquista de la ciudad en 1410 fue tan importante que Fernando de Trastámara pasó a ser conocido como Fernando de Antequera. 



La Torre del Homenaje, también llamada Torre de Fernando es una de las torres musulmanas más grandes de Andalucía. Tiene unos 16 metros de lado y muros muy gruesos, porque no era solo una torre de vigilancia; era prácticamente una fortaleza dentro de la propia fortaleza.

Dentro de la torre todavía se conservan algunas salas interiores de piedra donde se realizaban reuniones y actos de representación tras la conquista cristiana de Antequera en 1410.


Aunque el lugar tiene muchísimo potencial, la sensación general fue algo irregular. Algunas zonas exteriores y jardines parecían bastante descuidados y daba la impresión de que el recinto podría estar mucho mejor mantenido. 


Esto me extrañó un poco tratándose de uno de los lugares más importantes de la ciudad.

Justo al lado de la Alcazaba se encuentra la Real Colegiata de Santa María la Mayor, considerada una de las primeras iglesias renacentistas de Andalucía. Aunque finalmente no entramos, la fachada ya llama bastante la atención desde fuera, sobre todo por esa mezcla extraña entre elementos góticos y renacentistas.


Curiosamente, una colegiata no es exactamente una iglesia normal ni tampoco una catedral. Era una especie de gran iglesia con mucho peso religioso y político, gestionada por un cabildo de canónigos, muy similar al funcionamiento de una catedral, aunque sin llegar a ser sede de un obispo. El título de “Real” además indicaba la protección directa de la Corona.

La iglesia fue construida poco después de la conquista cristiana de Antequera y su posición no parece casual. Está situada en la parte más alta de la ciudad, prácticamente pegada a la antigua fortaleza musulmana, como una forma de marcar el nuevo poder religioso y político sobre la ciudad.

La plaza donde se encuentra también tiene algo peculiar. Amplia, silenciosa y bastante desnuda, transmite más sensación de espacio institucional y defensivo que de plaza tradicional andaluza llena de vida.


Para entrar en la zona de la Alcazaba se encuentra el Arco de los Gigantes, una de las entradas más curiosas de Antequera. Aunque a primera vista parece una puerta medieval más, en realidad el arco actual fue construido en pleno Renacimiento para sustituir una antigua puerta musulmana mucho más defensiva.


Lo interesante es que el lugar funciona casi como una mezcla de épocas superpuestas. En el muro aparecen incrustadas lápidas romanas, inscripciones y bloques reutilizados procedentes de antiguas construcciones de la ciudad romana de Antikaria.
Durante siglos fue habitual reutilizar materiales antiguos para levantar nuevas murallas o edificios, pero aquí además existía una intención bastante simbólica; conectar la ciudad con su pasado romano y darle una imagen monumental al estilo de los antiguos arcos triunfales.


Después de la Alcazaba nos dirigimos hacia los Dólmenes de Antequera, declarados Patrimonio Mundial por la UNESCO. 
Para llegar al recinto hay que ir en coche ya que están a las afueras de la ciudad.

El recinto está bastante bien organizado, la entrada es gratuita, hay un pequeño centro de visitantes con un museo explicativo. Un recorrido sencillo rodeas las dos colinas que hospedan los dos dólmenes, y dan acceso a las entradas. 

Lo más fascinante del conjunto de Antequera es que los tres dólmenes parecen dialogar con el paisaje de formas distintas. 


El Dolmen de Menga, el más monumental, fue construido mirando directamente hacia la Peña de los Enamorados, algo muy poco habitual en el megalitismo europeo, normalmente orientado hacia fenómenos astronómicos. La pena es que estaba cerrado por trabajos de restauración debido a filtraciones de agua. Resulta curioso pensar que estas estructuras llevan miles de años soportando lluvia y viento y ahora necesiten intervenciones modernas para conservarse.

El Dolmen de Viera, que sí pudimos visitar por dentro, funciona de manera diferente. Un largo corredor de enormes piedras verticales, alineado con el amanecer durante los equinoccios, conduce directamente hasta una pequeña cámara funeraria situada al fondo.


Para visitar al tercer dolmen, Tholos de El Romeral hay que volver a coger el coche, salir del recinto y a 5 minutos se llega a este nuevo emplazamiento arqueológico. 

Este es el que más nos gustó y quizá el más extraño y especial de los tres. Orienta su eje hacia las formaciones rocosas del Torcal.
La sensación allí era completamente distinta. Estábamos rodeados de colinas verdes, parecía más una pequeña construcción enterrada que un monumento ceremonial. 


La parte más curiosa es la falsa cúpula de piedra del interior, construida mediante aproximación de hiladas. La cámara interior se separa del largo corredor de entrada mediante pequeños portales de piedra. Visualmente, la cúpula, parecía mucho más moderna que el resto, probablemente por las restauraciones realizadas a lo largo del tiempo, pero precisamente esa mezcla entre estructura antigua y conservación contemporánea le daba un carácter bastante especial.


Al final, me dio la sensación de que hace más de cinco mil años el paisaje completo de Antequera ya funcionaba como un enorme espacio simbólico donde montañas, horizonte, luz y arquitectura formaban parte de la misma idea. Ya existía aquí una lectura simbólica del territorio. 

Después de visitar los dólmenes volvimos tranquilamente a Antequera para comer y descansar un poco antes de continuar la ruta hacia el Torcal.

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