Caminito del Rey: entre la expectativa y la realidad

Etapa 1

Llevaba años con la idea de hacer el Caminito del Rey. Es uno de esos sitios que se te quedan en la cabeza por lo que ves, por lo que escuchas, y sobre todo por esa fama antigua de haber sido el camino más peligroso del mundo.

Al final encontré el momento y fui, con bastante curiosidad por ver qué quedaba de todo eso.


Pasamos la noche en Álora, el punto más cercano donde encontramos alojamiento para dormir.

Salimos temprano y antes de llegar hicimos una parada en Ardales para desayunar tranquilos. Me gusta ese momento antes de empezar algo así, como una pequeña pausa antes de meterte en el sitio.

A recorrer el caminito fui solo. Mi compañera de viaje decidió no hacerlo por el tema del vértigo, y visto después, creo que fue una decisión bastante coherente.

Hay varias formas de llegar. Lo más habitual es dejar el coche en un parking en El Chorro o cerca de la entrada norte y coger un bus lanzadera que te lleva hasta la entrada. Una vez terminado, dependiendo de donde dejaste el coche, hay otra lanzadera para volver al parking. El coste de la lanzadera es de 2,5 €.

Yo fui directamente en coche hasta la entrada norte que es donde se empieza, pero en general el sistema funciona así y conviene saberlo.


Las entradas al Caminito del Rey hay que comprarlas con antelación. Se agotan bastante rápido y muchas veces acabas tirando de plataformas externas. Yo conseguí una por 29 € con guía.
Además, como casi en todos estos tipos de atracciones con muchos turistas, al final comprar más caro o más barato no implica que el servicio sea mejor. 

El acceso empieza cruzando un túnel largo, con unas luces en el suelo que le dan un punto curioso. No es nada especial en sí, pero funciona como transición. Pasas del ruido de coches y gente a algo mucho más tranquilo.


Al salir, entras en una zona con vegetación y el río Guadalhorce al fondo. Aquí hay un pequeño paseo de unos 15 minutos hasta el punto de control real del caminito.
Es fácil, sin dificultad, y ya empiezas a desconectar un poco del exterior.


Cuando llegas al punto de entrada ya se nota que hay bastante gente. Aunque está todo organizado, no deja de ser un sitio muy visitado. Yo tenía entrada a las 10.20 horas, pero me dejaron entrar al llegar. Me puse en una cola con guía en español y dentro. 

Una vez agrupados te dan casco, auriculares y te explican un poco las normas.

A mí me tocó un grupo pequeño, unas 10 o 12 personas, lo cual se agradece. Había otros grupos bastante más grandes y eso cambia bastante la experiencia.


Cuando empezamos, el guía fue explicando el origen del caminito. 

Se construyó en 1901 para los operarios que tenían que construir la presa y para su mantenimiento posterior.
Al principio tuvo otros nombres, pero fue después de la visita del Rey Alfonso XIII en 1921 que se quedó con el nombre actual. Más allá de la historia, lo interesante es que empiezas a meterte en el paisaje.


El camino entra en la garganta, con las paredes bastante verticales a ambos lados y el río abajo. No estás a nivel del agua, sino un poco más alto, lo que da esa sensación de estar colgado, aunque en realidad es todo bastante seguro.

Fui en abril y había llovido bastante ese año, así que el paisaje estaba muy verde y el río llevaba bastante agua. Eso mejora mucho la experiencia visual.

El recorrido en esta parte es sencillo, cómodo, sin dificultad. Yo no tengo vértigo, pero sí escuché a varias personas que en algunos puntos iban más tensas, sobre todo más adelante.


Después de esta primera zona de pasarelas, el paisaje cambia completamente. El valle se abre y pasas a un camino ancho, de tierra, con árboles, mucho más relajado. Incluso se ve la vía del tren al fondo.


Aquí el ritmo baja, pero también te das cuenta de que esta parte es bastante larga. Más de lo que uno imagina. Si vienes pensando que todo el caminito son pasarelas pegadas a la roca, no es así. De hecho, esa parte es más corta de lo que parece.


Seguimos avanzando hasta que el valle se vuelve a cerrar. Las montañas se estrechan otra vez y entras en la parte más espectacular del recorrido. Aquí las pasarelas están más altas y la sensación cambia.

Controlan bastante el paso en esta zona, dejando pasar grupos poco a poco para no saturar. Tiene sentido, porque es donde más se nota la altura y donde la gente suele reaccionar más.


A pesar de esto, también empiezas a notar más la gente. Aunque los grupos van separados, muchas veces se forma una especie de flujo continuo.

No llegas a ir solo en ningún momento. Vas caminando con gente delante y detrás, y eso marca bastante el ritmo.


Para mí, en este sentido, fue uno de los puntos más flojos del caminito. Me gusta poder parar, mirar, quedarme un rato en un sitio, y aquí es complicado. Vas dentro de un grupo y no puedes separarte. Si te paras mucho, rompes el ritmo de todos.


En este tramo vimos varios buitres leonados volando cerca de las paredes. Le da un punto interesante al paisaje, aunque muchas veces la gente va más pendiente de la pasarela que de lo que hay alrededor.


Y llegas al puente colgante. No es muy largo, unos 30 metros, pero es el punto más icónico.

No te dejan parar, tienes que cruzarlo directamente. El día que fui no había viento, así que fue bastante tranquilo, pero entiendo que con aire la sensación puede ser diferente.



Después del puente, el camino continúa un poco más con las pasarelas pegadas a la montaña hasta salir de la garganta y finalmente aparece el embalse.



Al final del camino construyeron un nuevo puente colgante de 110 metros, y por lo visto es el segundo más largo de Europa. Cuando fui aún no era transitable. 


Y poco a poco vuelves a una zona más abierta, hasta llegar al final donde dejas el casco y puedes sentarte un rato en una zona de descanso con chiringuitos. 

Durante todo el recorrido no hay cobertura. Puede parecer una tontería, pero no lo es. En mi caso no podía avisar de que estaba llegando, así que tuvimos que confiar en la hora aproximada y el punto de encuentro.


El recorrido duró unas dos horas, a un ritmo tranquilo pero continuo. No hay grandes paradas, vas avanzando con el grupo y listo.

En general, el Caminito del Rey me gustó. Tiene tramos muy bonitos, está bien organizado y como experiencia funciona. Pero no es lo que mucha gente imagina.

No es peligroso y no es extremo.
Y sobre todo, no es un lugar para perderte en la naturaleza.

Hay bastante gente, más de la que esperaba, y al final la sensación es más de recorrido guiado que de exploración libre. Hay que decir también que el guía que nos acompañó fue muy bueno y nos explicó un  montón de cosas. 

¿Merece la pena? Sí.
¿Lo repetiría? No lo creo.


Con el tiempo me doy cuenta de que cada vez busco más sitios tranquilos, donde pueda parar, mirar y estar. Y aquí eso es difícil.

Después de volver a reunirnos nos dirigimos hacia nuestro nuevo destino, Antequera.


El recorrido por las montañas y campos para llegar a Antequera me sorprendió por su belleza y tranquilidad.

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